NUESTRO BRIC A BRAC
Hemos decidido agregar al sitio una página más. Como lo dice el título y haciendo honor al conjunto que nos convoca, en esta página hablaremos de todo un poco y en forma desordenada, como en un bric a brac. Haremos también alusión a los comentarios de ustedes a través de los mails que nos han mandado en estos nueve años de vida. En las historias que relataremos se encuentran siempre presentes los conjuntos musicales que hemos recordado en estas páginas.
Son muchos los que nos han leídos y junto a nosotros han viajado a tiempos pasados, donde parecía que la vida era más fácil, donde soñábamos y teníamos la esperanza de un mundo mejor.
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Los convidados de piedra.-
Siete millones de habitantes éramos en el país, en Santiago un poco más de dos millones. La televisión empezaba tímidamente a apoderarse de la mente de los chilenos. Habían dos canales, pero el de la Universidad de Chile tuvo problemas económicos, por lo que estuvimos sólo con el canal católico por un tiempo.
El crecimiento de la televisión en nuestros hogares iba de a poco; los televisores eran caros y no muchos podían tenerlos. Era normal que el “ricachón” de la cuadra fuera invadido por todos sus vecinos, guaguas y perros. Llegaban con las manos vacías cuando comenzaba la carta de ajuste, y de ahí no se movían. A los dueños de casa no les salía nada de barato, porque los convidados de piedra se atornillaban y no había nadie que los pudiera sacar del estado catatónico en que se encontraban frente a la pantalla del televisor. Más encima había que atenderlos con sándwich, bebidas o jugos naturales. Las dueñas de casa tenían que mudar las guaguas ajenas, pues la madre verdadera, con la boca abierta no despegaba los ojos de la pantalla, ni se percataba de los alaridos del infante. Los dueños de casa rogaban de rodillas a Dios que hubiera cadena nacional, ahí sí que arrancaban como ratas de un barco que se hunde, pues el presidente del momento era bueno para los discursos largos.
La familia dueña del televisor descansaba los lunes, porque ese día no había transmisiones durante todo el día. No tenían que atender a la legión de vecinos ni airear la casa después que se habían ido, ¡puchas los vecinos hediondos!, parece que se bañaran una vez en el año. Los programas eran todos en vivo: Teleteatros Dominicales con Hugo Miller, Rafael Benavente y Teodoro Lowey. Series semanales como "Memé Secretaria Ejecutiva" con Gina Zuanic, escrita por Alejandro Michel Talento, y también "Mi Marido no es un Ángel" con Bamby. El video no existía, ni hablar de películas ni monitos animados para los niños. Títeres, eso sí, y cuentos que se relataban a través de dibujos que se iban mostrando y que muchas veces no coincidían con el relato, como por ejemplo "entonces el conejo comenzó a correr.... y en la pantalla se veía a la tortuga. Concursos varios; escondían un billete en un living y los concursantes tenían que encontrarlo en un tiempo limitado. Mucha clase de cocina, la profesora era como el mago Harvalay, hacía aparecer las tortas horneadas al instante y los niños quedaban con la boca abierta, con su cuota de ingenuidad, no lo podían creer. Todo en vivo, entrevistas, noticias con el Reporter Esso conducido por Pepe Abad, en fin todo causaba interés. Como ustedes se pueden dar cuanta, cuando uno veía televisión ¡veía televisión! Se lo veía todo. El horario de transmisión comenzaba como a las cinco o seis. Eran tiempos tan felices; don Francisco aún no aparecía.
Pero el tiempo de la inocencia no duraría mucho, a vuelta de año, empiezan a aparecer las seriales y películas que todos conocen. También los excelentes show, vemos como los Cuatro Cuartos, Las Brujas y los cantantes de la Nueva Ola llenan de sonido y alegría las pantallas del televisor. Un gordito simpático tímidamente se deja ver los domingos en la noche en su “Show Dominical”, luego pasará a los sábados con sus “Sábados Alegres” (Entre paréntesis, tenemos algunas películas de Maverick, dobladas, son casi imposibles de conseguir, si las quieren, escríbannos)
El sábado infernal.-
En Providencia, el sábado después de las 2 de la tarde ¡todo cerrado! Salvo el Roma en Pedro de Valdivia con Providencia y la pastelería en mi barrio: bebidas y dulces chilenos, nada más. Alguna que otra botillería también. Aparece un Almac en Providencia, sólo con alimentos y más tarde un Unicoop. El cabro medio pavo que se le olvidaba comprar el equipo de gimnasia para el lunes, nada que hacer, hacía gimnasia en calzoncillos no más. Por eso las mamás a eso de la una de la tarde eran verdaderas locas en Providencia. Las calles llenas de tacos, el que no compraba antes de las 2; perdía.
En una mañana muy calurosa, de uno de los últimos sábados de noviembre, me encontraba en mi habitación escuchando el nuevo disco de Los Cuatro Cuartos, adiós al 7 de línea, no era mío, pues el disco era carísimo y me lo había prestado el guatón González, quién se lo había sacado a escondidas a su señor padre, me hizo jurar ante lo más sagrado, que se lo cuidaría como hueso santo. Debía devolvérselo en la tarde de ese sábado, antes que su papá llegara de uno de sus numerosos viajes. Estaba el disco en el tocadiscos portátil en mi pieza, cerca de la ventana, cuando me acuerdo como a las doce y media que con urgencia tenía que leer el libro “La espada y el canelo” de Alejandro Magnet, para una presentación oral el lunes a primera hora, con valor de nota global, para más remate. ¡¡¡¡Mamá!!!!
Partimos como locos a Providencia en el viejo auto familiar a conseguir el famoso libro a como diera lugar. El taco estaba peor que nunca, largos minutos en Avda. Providencia (tenía doble sentido), donde parte de la calle era invadida por los hippies del Coppelia. Todos tocaban la bocina, un caos completo. Mi mamá transpiraba, cuando de repente le veo una cara de terror, como si hubiera visto frente a sus narices a Frankenstein. Mira hacia abajo y con una mano recoge del suelo un pedal, era el del embriague. Quedamos al medio de la calle, rodeado de autos, bocinazos, insultos y un calor insoportable y ella no encontró nada mejor que bajarse del auto y como quien tiene un trofeo, mostrar el pedal del embriague a quien quisiera verlo.
Detuvimos Providencia por largo rato, el auto no sé porque razón quedó trabado; no se podía empujar y el taco fue impresionante. Llegó carabineros transpirando, vestidos de invierno, es que no tenían uniforme de verano, pura lana, por eso que eran tan "hot" y dejaban embarazadas a todas las nanas del barrio, iban por dirección, la casa 12, la 13, la 14 y así. Todas las nanas gorditas al mismo tiempo, cuándo cuidarían las casas nos preguntábamos todos.
La llegada de la grúa contra el tránsito, la llevada del auto al garage y todo lo demás, hizo que llegáramos a la casa como a las cinco de la tarde. Cuando entro a mi pieza; quedo paralizado, un súbito calor recorre todo mi cuerpo, veo que el carísimo e incomprable (al menos para mí) disco de Los Cuatro Cuartos por efecto del sol, que había entrado por la ventana, estaba totalmente inservible, ¡el vinilo se había derretido!, se había arrugado y doblado, como una fuente invertida, imagínense una ensaladera hacia abajo.
Guatón González, ¡perdóname! ahora después de tantos y tantos años (40 años), al menos por favor ¡salúdame!, ¡dime algo!, Mira que lo perdí todo: a ti, mi mejor amigo y yo, que ya estaba condicional, por castellano me echaron del colegio. ¿No crees que ya expiré todos mis pecados?
Noticia de último minuto: El guatón González me llamó por teléfono, quiere reunirse conmigo. No me da muy buena espina esta reunión, lo noté demasiado alterado y lleno de recriminaciones. Parece que por culpa de esta maldita página (¡quién me mandó a contarles esta historia!), se le abrieron antiguas y profundas heridas. Tengo dudas si debo ir o no a la famosa reunión, es que tengo que confesarles, no con poca vergüenza, que partió con un ¡mira desgraciado....!
Caos por culpa nuestra en el hotel de la ciudad de Valdivia.-
Después de todos los problemas con el guatón González y con el colegio, mi papá decidió que lo mejor para mí y para mi hermano era que conociéramos Chile, además así nos vigilaba de cerca, para que no nos metiéramos en más líos. Enfilamos por la carretera al sur y en la radio se escuchaba “A donde vas soldado” de Las Cuatro Brujas. El auto, después del garage, quedó peor de lo que estaba, tenía un sospechoso ruido en el motor, por lo que el viaje se hizo eterno. Ni mi hermano ni yo podíamos sospechar la experiencia inolvidable que tendríamos con un futuro presidente de la república. Mi mamá cantaba un poco desafinada “ ……vuelve y lucha por la paz, adónde vas soldado, a donde vas….” Y nosotros mirábamos por la ventana interesados en todo lo que pasaba ante nuestros ojos.
Después de buscar un garage en San Fernando, alojar ahí y retomar nuestro viaje llegamos a nuestro destino final; la ciudad de Valdivia, con una lluvia impresionante, muertos de frío y hambre (la calefacción del auto jamás funcionó). Nos alojamos en el hotel Pedro de Valdivia y al día siguiente paseos por el río Calle-Calle, Niebla y Corral.
Regresamos al hotel, un poco después de las 5 de la tarde. Mis padres se fueron a su habitación y nosotros con mi hermano empezamos a pensar en qué nos podríamos entretener en una tarde lluviosa. Los dos nos miramos al mismo tiempo, el magnífico ascensor sería nuestro nuevo juguete. Nos subimos y comenzamos primero a turistear por todos los pisos del hotel y luego a hacer viajes desde el último piso hasta el segundo, luego al último, luego al segundo. Este sube y baja duró un largo rato, cuando ya un poco cansados de tanto subir y bajar y un poco mareados, decidimos descender hasta el primer piso, entonces el ascensor se detiene, se abren sus puertas y frente a nuestro ojos se nos viene encima un panorama absolutamente dantesco.
El administrador, un hombrón alto y corpulento tenía los pelos erizados, la cara como tomate, transpiraba copiosamente, y movía los brazos de arriba a abajo, parecía que le iba a dar un derrame cerebral o un ataque al corazón en ese instante. En el sector de la recepción algunos empleados corrían como verdaderos pavos locos ( de un lado a otro sin sentido ni destino alguno). El reciente candidato a la presidencia por segunda vez, junto a otros importantes personajes de su partido, esperaban desde hace mucho, ¡pero mucho rato! con cara de irritados que el ascensor bajase, nadie podía entender que pasaba. Notamos además que había mucha más gente de lo normal mirando los acontecimientos, y en especial a nosotros.
El administrador absolutamente fuera de control, su voz ronca y profunda había desaparecido, ahora con una voz chillona, algo femenina y destemplada le daba todo tipo de explicaciones al futuro presidente. Por fin el misterio se había aclarado. Ahí frente a los ojos de todos estaba la madre del cordero: los niños.
Con mi hermano, paralogizados, no fuimos capaces de movernos y nos quedamos estáticos dentro del ascensor; allí nos sentíamos más protegidos y entonces entró Salvador Allende y otras personas que nosotros no identificamos. Las puertas del elevador se cerraron y todos juntos subimos hacia los pisos altos del hotel, ese trayecto se convirtió para nosotros en una eternidad. Más encima parece que nosotros habíamos descontrolado el ascensor, pues se detuvo en uno o dos pisos intermedios sin que nadie lo hubiese llamado. Nuestros ojos clavados en el suelo, un poco avergonzados y esperando el reto que lo veíamos venir de un momento a otro, sin embargo, él le comenta algo, que no comprendemos, sobre otro asunto a uno de sus acompañantes y nada nos dice. Las puertas se abren y por fin la comitiva sale y nosotros dentro del ascensor, aún estamos sin poder movernos. Una vez que las puertas se cierran, mi hermano con la cara desencajada y pensando para sí, donde podríamos escondernos del administrador, me dice que le tiritan las piernas, a mí me pasa exactamente lo mismo. Ambos estamos aterrados.
A la mañana siguiente, mi papá empeñado en que conociéramos Chile nos lleva más hacia el sur, por lo que después de cancelar la cuenta y ya cuando nos dirigíamos hacia la salida, el administrador del hotel se acerca a despedirse de mis padres y nosotros que nos habíamos quedado un poco atrás nos damos cuenta que de repente la cara del hombre enrojece, nos mira con un odio profundo y como por atrás estira sus manos violentamente hacia nosotros pero luego se contiene, frunce el seño, toma control de sí mismo, muestra una cara de alivio y se aleja raudamente del lugar.
Quizás por eso esa tarde del 11 de septiembre de 1973, ya conectados nuevamente los teléfonos, supimos por un pariente que en radios argentinas se daba la noticia de la muerte de Salvador Allende. Sin decir una palabra, mi hermano y yo nos miramos con tristeza, ambos nos remontamos a esa tarde lluviosa en Valdivia, por muchos años olvidada, cuando aún éramos niños y cuando nosotros agradecimos ese silencio del presidente.
La curiosidad casi mata al gato.-
Estábamos muy al principio del gobierno militar y me encontraba listo para partir a la universidad, debía rendir una importante y difícil prueba, cuando en la radio se escucha “Te prometo cambiar” de Los Bric a Brac. Como muchos, esa canción es para mí la mejor canción chilena de la década. Bueno, unos minutos puedo esperar, es que no puedo dejar de escucharla. La canción termina y yo ya estoy de pie cerca de la puerta, cuando sorpresa, sigue la segunda “Alma Joven”. ¡Ah! Van a dar el Long Play completo. El tiempo pasa y ya estoy un poco atrasado, pero mi cara está llena de curiosidad y de algo de morbosidad también.
¿Qué va a pasar cuando lleguen a “Sácales las balas a tu fusil”? El reloj avanza, mi prueba está por comenzar y todavía no salgo de la casa, y aún me queda “Calla tu pena”. ¡Al diablo con la prueba! si me voy nunca sabré si la incluyeron o no, quizás por años me voy a preguntar, ¿la habrán vetado? Las dudas me asaltan, pero mi prueba es tan importante, debo irme de inmediato, pero aún permanezco inmóvil. Listo empieza “Calla tu pena, no debes llorar….” avanza y termina, ahora, ahora sí que viene “Sácales las balas....”, silencio.... y empieza “Cuando te fuiste”. ¡La vetaron! ¡la vetaron! , lo sabía. Tomo mis cuadernos y salgo más rápido que el rayo, la prueba debe haber comenzado y estoy muy atrasado, pero felizmente el profesor había tenido un problema y también había llegado tarde, por lo que la prueba aún no se había iniciado.
Autoexilio de mi hermano en 1980 por culpa de la revolución de 1891 (Balmaceda).-
Cuando teníamos como seis años, mis padres tuvieron que radicarse en un país lejano, por razones de trabajo, por un período de un año, por lo que decidieron no llevarse a los niños y dejarlos al cuidado de los abuelos maternos. Es así como mi hermano y yo nos trasladamos a la casona de nuestros abuelos, al cuidado de mi abuela, una señora muy alta, delgada y muy activa pese a contar ya en esa época con 90 años bien cumplidos.
En ese tiempo, no existía la televisión, por lo que los niños teníamos que inventar nuestros propios juegos y entretenernos todas las noches antes de dormir con cuentos y relatos. Mi abuela siempre entraba a nuestra habitación, cuando ya estábamos acostados, un poco después de las ocho de la noche. Se sentaba en un sillón frente a una mesa plegable y mientras limpiaba infinitos artículos de plata, nos relataba historias. No la de todos los niños normales, como la Cenicienta, La Caperucita Roja, Blancanieves, o esas otras más terroríficas como Barba Azul o Los tres pelos del diablo. No; mi abuela nos contaba con lujo de detalles historias reales acontecidas durante la Revolución de Balmaceda en 1891. Sentía un odio profundo hacia ese gobierno, pues uno de sus hermanos fue asesinado en el fundo Lo Cañas al ser sorprendido organizando una montonera. Su padre y otro de sus hermanos fueron encarcelados. En esa época, las cárceles rebosaban de presos políticos.
Mi abuela durante más de un año, todas las noches, sin faltar a ninguna, iba poco a poco lavando nuestros pequeños cerebros. Con lujo de detalles nos relataba las sangrientas historias de la Revolución. Como el Congreso llegó a ser mayoría al unirse liberales sueltos, nacionales, radicales y conservadores. Frotaba con fuerza y rabia los artículos de plata cuando relataba los exagerados gastos públicos, las pensiones escandalosas en el extranjero y para que decirles como se ponía con el hundimiento del Blanco Encalada a manos del torpedero Lynch. Relatos iban y venían, cómo Balmaceda había violado la Constitución al mantener el presupuesto del año anterior y no convocar al Congreso. Cómo había comenzado la revolución al zarpar los buques de la escuadra nacional desde Valparaíso hacia el norte. En fin miles de historias que lo único que hacían era que nosotros poco a poco nos fuéramos sintiendo también unos revolucionarios.
Las operaciones militares y navales fueron largas y sangrientas. Nos contaba con detalles el desembarco de los revolucionarios en Quintero y la batalla de Concón donde derrotaron a Balmaceda, y también la batalla de Placilla donde se logró el triunfo definitivo. Como se entregó Valparaíso a las fuerzas revolucionarias y el saqueo del cual fue objeto por el populacho. En Santiago y sus alrededores ocurrió lo mismo, aún cuando Balmaceda ya había abdicado. En fin todo, todo con el máximo de detalles incluso como Jorge Montt y los demás miembros de la Junta de Gobierno llegaron a instalarse en la capital y la trágica muerte de Balmaceda en la Delegación Argentina.
Mi abuela todas las noches después de dejarnos estupefactos con sus historias, nos hacía prometer que jamás deberíamos traicionar a nuestros antepasados. Que nunca, bajo ninguna circunstancia podríamos relacionarnos afectivamente con descendientes de personas que hubiesen apoyado al gobierno de Balmaceda. Que una conducta de ese tipo sería vista como una grave traición a la familia. Todas las noches, sin faltar una, al finalizar el relato, mi hermano y yo éramos obligados a sentarnos en la cama y a prometérselo seriamente. Entonces mi abuela portando en un paño toda su platería, apagaba las luces de la habitación y nos dejaba en el más absoluto de los silencios.
Al pasar un año y un poco más, nuestros padres regresaron y volvimos a nuestra casa paterna. Aunque veíamos a los abuelos con mucha frecuencia, nunca más se volvió a tocar el tema de la revolución hasta varios años después.
Una tarde de duro invierno, mi hermano y yo nos encontrábamos aún en el colegio, cuando nuestra madre nos fue a buscar unas horas antes que finalizara la jornada escolar. La abuela quería vernos con suma urgencia. Estaba muy mal y se temía una muerte inminente. Llegamos a la casa y el salón estaba atiborrado de familiares y conocidos, en su pieza la misma cosa. Mi abuela hizo salir a todos de su habitación y mi hermano y yo nos sentamos en el borde de su cama. Con una seriedad preocupante nos contó que nos había dejado a nosotros una parte importante de su herencia y que quería recordarnos la promesa que años atrás le habíamos hecho. Y comenzó con la letanía de siempre, jamás nos podríamos casar con ningún familiar cuyo antepasado hubiera estado ligado al gobierno de Balmaceda. Se incluía a descendientes del propio presidente, de los partidos afines, de los ministros del gobierno y de los miembros del ejército de esa época. Nos obligó esta vez a jurárselo insinuando sutilmente que el no cumplimiento del compromiso sería duramente castigado por ella desde el más allá.
Cuando entramos en la adolescencia, mi hermano y yo nos empezamos a interesar en el sexo opuesto y a preocuparnos del juramento a la abuela. Un día decidimos ir a la Biblioteca Nacional para investigar todos los apellidos de los participantes del gobierno de Balmaceda. Sin embargo, el caos fue total, había miles de nombres y miles de ministros que habían rotado por ese gobierno. Investigamos también a los principales del ejército de esa época y a los del partido liberal. Al final terminamos con una lista inmensa de apellidos, la hoja llena de borrones y más confundidos que nunca. Un amigo de mi hermano nos sugirió que pidiéramos ayuda a un tío de él que era un viejo profesor universitario de historia. Él fue categórico, muy serio borró algunos nombres; estos lo traicionaron, nos explicó, agregó otros y al final se empezó a complicar por lo que nos dijo que se la dejáramos y que en un par de días la enviaría corregida.
A la semana siguiente teníamos un listado inmenso, realmente gigantesco, de apellidos a los cuales no nos podíamos acercar ni en broma. Yo corté por lo sano, no pasaron dos años y ya me había enamorado de una chilena hija de madre y padre europeo. Nunca le pregunté si sus padres habían arrancado del viejo continente por ser ladrones, asesinos, terroristas o qué. La verdad es que no me importó. De lo más profundo de mi corazón, años después, salió un ¿te quieres casar conmigo? Mi hermano no tuvo tanta suerte y el tema le complicó demasiado. Cuando terminó la universidad partió a estudiar un post grado a Estados Unidos. Yo siempre le escribía instándole a que regresara pronto, sin embargo, su respuesta era siempre la misma: “¿Para qué voy a volver?; en Chile jamás podré formar una familia tradicional”. Al final se enamoró de una gringa de buena cuna, se casó con ella, tuvo varios hijos y jamás regresó a Chile. Por eso cuando escucho "Sácales las balas a tu fusil", una de sus canciones preferidas, la que por lo demás cantaba magistralmente, siempre me acuerdo con tristeza de mi hermano y pienso cuantos dolores habríamos evitado si efectivamente hubiéramos sacado todas las balas (sicológicas y materiales) a nuestros fusiles, y de una vez por todas hubiésemos dejado que el verde creciera y que la vida continuase en nuestro Chile tan querido.
Reunión con el Guatón González 40 años después.-
Al final y después de mucho pensarlo, decidí reunirme con él. La reunión sería a almorzar, en un lugar neutral, un viejo y tradicional restaurant del sector de Providencia.
Olvídense con lo que me encontré, el Guatón González había engordado con los años muchos kilos (como un kilo por año). Estaba lleno de odio y recriminaciones contra mi persona. Me culpaba del caos sentimental en su vida, de sus tres matrimonios fracasados, en fin de toda su amargura. ¿Yo? lo miraba perplejo, no podía comprender el odio profundo que reflejaban sus ojos.
Me contó cómo su padre lo obligó, a modo de castigo, a los pocos días, a ir caminando ida y vuelta desde más o menos Bilbao con Holanda hasta la tienda Carnaby en Providencia con Pedro de Valdivia a comprar nuevamente el disco de Los Cuartos. ¡En pleno diciembre y con el sol del mediodía! Que el castigo por haberse robado el disco fue tremendo, que tuvo que quedarse en Santiago durante todo el verano estudiando y que no lo dejaron ir a su casa de veraneo en Reñaca. Que por eso había perdido el amor de su vida, la muchacha que amaba en silencio desde la niñez, quién justo ese verano conoció en ese balneario a un muchacho bastante mayor que todos nosotros, que estaba ya por recibirse en la universidad y que antes que ella cumpliera los 19 ya se habían casado. Que era el amor de su vida. Que por mi culpa la había perdido para siempre. Luego repitió varias veces que si él hubiese estado en Reñaca ese verano, nada de eso habría sucedido, que ella habría sido sólo de él. Luego al saberse perdido y al pasar de los años se había casado varias veces sin estar enamorado y que todos sus matrimonios habían fracasado. Que aún no la podía olvidar, que seguía profundamente enamorado de ella, que estaba triste y amargado.
Yo me quedé pensativo por un buen rato, y me dije: ¡siempre lo supe!, sabía que el papá-guatón González era un sádico. Pero si tenía la cara. La verdad es que siempre sospeché de él. Normal no era. ¡Pobre Guatón! La verdad es que pensé también, y en un momento tuve el impulso de decírselo, pero francamente no me atreví; que el amor de su vida era la niña más bonita de la época y que ni remotamente tenía alguna posibilidad con ella. A esa edad un gordito, de tan solo doce años como él, no era potable para la niña más exitosa de Reñaca y sus alrededores. Había miles de interesados en ella, era asediada por todos; todos la rondaban, como verdaderos moscardones. Que ni aún cuando hubiera instalado una carpa en pleno Reñaca durante todo el verano y no se hubiese movido de la playa durante todo el día y la noche, jamás esa niña de dieciséis años se habría fijado en él. Es que Guatón González, hay que saber ubicarse, miraste demasiado alto. ¡Querías lo imposible! ¡Pretendías lo inalcanzable!
Pero, nada le dije, le imploré nuevamente perdón por lo del disco (casi de rodillas) y con ojos de carnero degollado me declaré culpable de todas sus desgracias, penas y frustraciones. Al final nos abrazamos y prometimos reunirnos nuevamente, aún cuando los dos sabíamos; mientras lo decíamos, que nunca más nos volveríamos a ver, que ésta iba a ser la última vez, porque mal que mal somos chilenos, y los chilenos rumiamos nuestros odios y rabias hasta la muerte y jamás, pero jamás perdonamos.
Luego me alejé del lugar y volví a mi vida de siempre. El Guatón González permaneció por largo rato sentado en la mesa del oscuro restaurant, se veía más solo y triste que nunca. La mirada perdida, recordando talvez nuevamente ese verano de 1967, en Reñaca, cuando él no pudo estar y cuando perdió irremediablemente y para siempre el amor de toda su vida.
Mensaje de ultratumba en el video de Mami en Youtube;
los muertos también opinan

Entrada ya la tarde, oscurece en Santiago, estamos en pleno invierno. Un hombre de unos sesenta años, vestido de negro, tez muy pálida y muy enjuto camina lentamente por calle Recoleta a la altura de Valdivieso, cruza María Graham y unas cuadras más hacia el sur se interna en un pequeño local. La dueña al verlo se estremece. Ella, antigua vecina del cementerio, los conoce muy bien, con los años de experiencia sabe identificar a la perfección quienes no pertenecen a este mundo.
La dueña del negocio es doña Bertita, hija de una antigua nana nuestra, ex costurera, hoy; dedicada al negocio del cibercafé. Ella conocedora de mis perversiones musicales me llama por teléfono alarmada. Por favor Nachito, véngase inmediatamente para acá. Algo muy grave está pasando. Y en pocas palabras me cuenta lo que está sucediendo. Llamo a Montesco, le explico y juntos nos trasladamos raudos al cibercafé de calle Recoleta. Nos demoramos como hora y media en llegar, Berta, pálida, nos espera nerviosa, el local está casi vació, un par de estudiante frente a unos monitores, el resto totalmente desocupado.
Bertita nos cuenta del extraño visitante. Parece que era “fundamentalista”, porque con ella no quiso ni hablar, se comunicó con Gastoncito, de doce años, quien lo ayudó a inscribirse en Youtube, luego le pidió que lo dejara solo y dejó un mensaje en el video “Mami” de los Bric a Brac. Montesco y yo nos miramos con cara de pánico, Berta que adivina nuestros pensamientos nos dice – No se preocupen chiquillos, era bajito ¡muy bajito!
Portaba un terno oscuro nuevo pero de finales de los 60, solapa y corbata angosta, pantalones entubados. Con sus deditos blanquecinos y largos, como si tocara el piano comienza a darles un mensaje. Unos cinco minutos después cuando termina se acerca a la caja y cancela ¡en Escudos!, Yo asustada se los recibo sin decir palabra, luego camina hacia la puerta y sale del local. Por suerte no me pidió vuelto, porque francamente no habría sabido que hacer.
Montesco se abalanza a unos de los computadores, ve el mensaje que espera ser aprobado, su cara enrojece, anota el “nick” y borra rápidamente el comentario, lo hace con tal rapidez que yo solo alcanzo a leer una parte que decía:
Los Bric a Brac hicieron Brac
Emulando, con absoluta falta de ingenio; la pobre alma en pena, los últimos chistes del Transantiago: la tarjeta Bip hizo Paf. Seguramente en los pasillos del cementerio escuchó a los transeúntes reírse socarronamente del nuevo sistema de transporte.
Montesco, montó en cólera; lo he dicho como cien veces que fue el primer video que hice y con mucho cariño, y haberle dado un poco de humor no le hace mal a nadie. ¡Es que no hay ningún orden en este país, no puede ser que los muertos merodeen por donde se les ocurra, voy a quejarme seriamente con el director del cementerio, incluso si es necesario voy a pedir audiencia con el Alcalde; esto no puede continuar, hay que controlar este asunto; no puede ser que se manden solos. ¡Que se queden en sus tumbas, y no molesten a los vivos que con el precio del pan, el transporte, los impuestos, los robos, las tarjetas de crédito copadas, ya tenemos más que suficiente!
Final: Montesco trató de contestarle, me imagino, no muy cortésmente, pero …. el nick no existía. Finalmente decidió bajar el video y reemplazarlo por otro del mismo grupo.
¿Por qué leo el obituario todos los días?
o bien
Hombre muerto tocando un sólo de batería
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Apenas llega el diario a la casa, muy temprano en las mañanas, lo primero que hago, desde hace un par de semanas, es leer el obituario. Mi señora me pregunta con algo de vehemencia ¿Salió hoy? No; le contesto algo desalentado, seguro que sale mañana. Es que necesito ser el primero en dar la noticia en este sitio web, esta vez nadie me la gana.
El asunto está confirmado, la señora del kiosco de la esquina, conocida nuestra desde años pretéritos, nos lo confesó hace un par de semanas atrás. Su hermano, ex locatario del Persa Bío-Bío, hoy sicario de profesión formó una Pyme dedicada a esos fines, una pequeñísima empresa que ha ido poco a poco ganando su prestigio, no más de seis personas incluyendo a la secretaria. Sacan de circulación perritos molestos o guaguitas lloronas de los vecinos pareados (su especialidad), uno que otro jefe, el socio que nos pilló robando, señoras o caballeros infieles, algún político indeseable, abuelitas heredables, en fin, lo que el cliente necesite. Nos contó que su hermano, con la plata que va a ganar con una sola misión muy especial, va a adquirir un departamento de lujo en Santa María de Manquehue, pero para dedicarlo a la renta, eso sí. Y como pensando en voz alta nos confianza: ¡esto sí que es matar cincuenta pájaros de un sólo tiro!
Al ver nuestra cara de asombro, nos explica; sucedió algo muy extraño, alrededor de 50 personas en forma individual y con absoluta privacidad lo contrataron para hacer desaparecer a una sola persona. Eso nunca había pasado antes, nos asegura sorprendida; es la primera vez. Y otros tantos llamados telefónicos que no se concretaron. Nosotros con la curiosidad que nos caracteriza y con un poco de sadismo también, le preguntamos por el nombre de esa presa tan apetecida. Mientras dobla unos diarios nos dice, el bigotón ese, el último baterista de Los Bric a Brac, ¿no se llama Orlando Avendaño? nos confirma con tono de pregunta y agrega: "Es que como diría Maradona, hay que tener cojones para mandar a la mierda a medio chile y con nombres y apellidos. Y luego dice con sus ojitos un poco lánguidos pero bastante codiciosos, "Que en paz descanse" y nosotros un poco temerosos, susurramos también: "Que descanse en paz".
Los invitamos ahora a pasar a la página siguiente, la penúltima del sitio donde escucharemos algunas grabación de los ex integrantes de Los Bric a Brac en los años inmediatamente posteriores a la desaparición del conjunto. Hasta siempre.
Los papás y los abuelos de Los Bric a Brac
El curioso making off del video
Comentarios finales, links y anexas

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